lunes, 30 de octubre de 2017

SEMINCI 2017



Resulta un poco ajetreado, trabajando, poder seguir puntualmente las proyecciones de Seminci, así que puedo considerar una afortunada casualidad que de las seis películas a concurso que he podido ver tres hayan sido las triunfadoras absolutas del evento.

La Seminci, en sí misma, es un microcosmos  poblado de fieles incondicionales que suelen considerarse depositarios de las esencias de la propia semana y autorizados intérpretes de qué cosa sea eso del “cine de autor”.  En mi caso no puedo presumir ni de una cosa ni de otra por lo que –consideradme un hereje-  he terminado por ser más bien displicente con una temática y una estética que no digo yo que no esté bien pero que me resulta en la mayoría de las ocasiones reiterativa, deprimente y antigua en su lenguaje visual.

Cuando yo era un adolescente cayó en mis manos un libro sobre el tema que comenzaba por sentenciar como primer mandamiento del cine: “Tú engañarás”.

Ese hecho es fundamental para entender el punto de vista desde el que parto. Las películas no son verdad. Ni siquiera los documentales. Son la plasmación visual en movimiento de una mirada sobre la realidad o sobre la ficción, sometida a unas reglas propias que han ido evolucionando con el tiempo. Que no sean la realidad no quiere decir que no puedan transmitirla en su esencia o en sus detalles. Pero el reflejo de la realidad no tiene por qué ser el fin primordial de un film y hemos podido apreciarlo, en parte, en el corto Tesla: lumière mondiale  (2017) de Matthew Rankin.

Esta predilección por el cine-verdad manifiesta, reiteradamente, en la Seminci es, posiblemente, una de sus limitaciones más obvias. De ella se deriva otra no menor: la indulgencia con la que solemos tratar a las películas en base a su contenido (diferenciémoslo de una vez del guión) y no a su lenguaje. Una película es una película sea cual sea el asunto del que trate. Es por ello por lo que no rechazo el poder escaparme a las salas vallisoletanas en las que podemos ver (cada vez menos de primera mano) propuestas acordes con el origen de la propia semana que en mi piedad voy a identificar con los valores humanos.


Y baste de introducción que solo es justificable porque se trata de la primera entrada en el blog sobre este tema.



Resulta que la Espiga de Oro ha recaído en El incidente del Hilton Nilo, de Tarik Saleh, director sueco de origen egipcio. Una historia, basada lejanamente en el asesinato real de una cantante libanesa, que está protagonizada por un policía corrupto (dentro de la corrupta policía de El Cairo) que investiga el asesinato de una bella mujer en un exclusivo hotel de la capital de Egipto (recreada más mal que bien en Marruecos) lo que termina por enfrentarle a sus venales compañeros y al mundo de las élites económicas y políticas.  Manipulado por los poderosos y por sus jefes, traicionado por la mujer de la que se enamora, terminará cuestionándose lo que ha sido su forma de entender la existencia justo en el momento en el que está a punto de estallar la Primavera árabe duramente reprimida por las autoridades.

Sorprendentemente el público al que podía escuchar a la salida no la consideraba una película de Seminci. Tampoco, al parecer, la crítica. Unos y otros recibieron el premio con desagrado y eso que venía de ser reconocida –aunque yo no lo supe hasta más tarde porque no suelo ni leer críticas ni sinopsis antes de ver un film- como la mejor película internacional del Festival de Sundance . Un poco por incordiar: Harvey Weinstein ¿no era uno de los promotores de ese festival? ¿Subyace este hecho en el rechazo?

La historia está bien contada, la trama fluye sin problemas y tiene algún que otro giro argumental interesante. Los movimientos de cámara y las angulaciones casi propias del “cine de  super 8” aunque eso no le restaba encanto. Acorde con ello la fotografía que, no obstante, me pareció inadecuada especialmente en la selección del color que nos retrotraía a los años sesenta y no a 2010, fecha en la que con el aplauso, e incluso con la intervención militar, de occidente se inició uno de los episodios más terribles del mundo árabe que han puesto en manos de los integristas, cuando no los han deshecho directamente,  un notable número de territorios del mediterráneo sur y oriental.  La interpretación de los actores fue correcta y la película me pareció interesante, aunque bien podía haber sido un telefilm de domingos por la tarde, con bolsa de pipas y gin-tonic.  Ese carácter dinámico, entretenido incluso, fue lo que impidió que me plantease la posibilidad de su premio.

El jurado se vio obligado a justificar la espiga de oro y los galardones a mejor director y el Premio Miguel Delibes a mejor guion, también de Tarik Saleh.




La Espiga de Plata ha sido adjudicada a un film, ya galardonado en Cannes, basado en una historia real: el dilema de Brady Jandreau, un jinete de rodeo, que se debate en afrontar el dilema de continuar con lo que ha sido la esencia de su corta vida –lo que podría hacerla aún más breve después del accidente sufrido-  o buscar una alternativa a su existencia futura.

Se ha presentado como un western moderno.

A mí el western me encanta y, tal como me enseñaron mis maestros, en el western clásico subyace una base trágica, un fatalismo que acompaña al héroe que le impele a la acción y que le obliga a hacer aquello para lo que parece estar predestinado. Vamos, como nuestros cantares de gesta. Y no hay nada de irónico en esta afirmación. Este western será moderno porque el resultado es esencialmente diferente al expuesto.

Protestaba un amigo de chat, gran conocedor de este tipo de cine del que estamos hablando, de que la película era somnolienta. Desde el principio disentí. Apresuradamente escribía: “Un poco blandiblue, pero sin maniqueísmo, contenida, compleja. Puede verse pero, sin dudarlo, me quedo con la primera”.

La primera era Daha, de la que luego tendremos ocasión de hablar.

Los matices son valorables en una obra primeriza y no es de extrañar que la directora se haya llevado el premio Pilar Miró al mejor director novel. Más discutible me parece el que se ha llevado el protagonista masculino al mejor actor. Bueno, más que discutible, yo, directamente, no se lo habría dado.

Frente a la visión tópica y grandiosa del Monument Valley, los paisajes de Dakota del Sur y las puestas de sol están recogidas con una sencillez acorde con lo que sucede, en la mayoría de los casos, en la vida cotidiana.

El carácter multirracial de los jóvenes jinetes; el claustrofóbico mundo del rodeo cargado de sus mitomanías; el amor por los caballos sin dejar de reconocer que, para los protagonistas, son un trabajo por mucho cariño que se deposite en ellos; la íntima y cómplice humanidad con su hermana, autista; la compleja, casi imposible, relación padre-hijo; el fantasma de la madre muerta; la vinculación sentimental con el héroe caído que aún lo sigue siendo para el protagonista y para sus amigos…

Podría hacer esta lista mucho más extensa pero ya basta.

Quizá no tenga planos que emocionen. Quizá sea excesivamente cerebral. Quizá el inexistente dramatismo se haya buscado de forma consciente. No lo sé.


Con todo, pienso que es una película digna de verse.



Daha ha ganado el Premio Fipreci de la prensa internacional y el Premio de la Juventud para películas de la sección oficial. Es una película que, tanto o más que The Rider, puede calificarse como una típica y tópica película de Seminci.

Comentaba de ella nada más verla: "Dura. Sin concesiones. Desesperanzada y desesperanzadora. Vamos, como la propia realidad.

Ratifico esas notas de circunstancias.

Venía de ver Marea humana de Ai Weiwei, galardonada con la mención especial del jurado y comentarlas conjuntamente me parece un buen ejercicio de reflexión sobre lo que apuntábamos respecto al cine al comienzo de esta entrada.


Ambas tratan sobre los desplazamientos de población que se han desatado con una fuerza inusitada en la Historia y lo estamos diciendo desde la Península Ibérica a la que han llegado desde el comienzo de los tiempos cientos de miles de personas de diferentes procedencias étnicas, culturales o económicas.

Ai Weiwei es un artista internacional que guarda con China, su país de origen, una relación muy peculiar puesto que las autoridades lo han retenido en diversas ocasiones y solo su prestigio internacional le ha salvado de mayores problemas.

Lamenté no haber podido estar presente en el pase al que asistió el director en el que sí estuvo otro compañero, de artes y artista el mismo, en cuyas palabras, breves, pude percibir una cierta decepción con la película.

Realmente no sabemos cuánto hay de Ai Weiwei en este film. Aparte, claro está, de esa obsesión tan posmoderna de figurar como protagonista -y no solo como espectador más o menos cualificado- de los acontecimientos que narra. Alabemos su intento y esperemos que coja el gusto por el lenguaje cinematográfico porque, lo que resulta evidente, quizá en detrimento del propio mensaje del film, es que sus tomas cenitales, logradas gracias a drones (¿no os recordaban esos planos secuencia -incluido el cartel de la propia película- a lo que lleva haciendo en los últimos años Genovés?), son de una poesía fílmica, al igual que los desolados paisajes africanos que parecen sacados de obras de Barceló, que no podemos permitirnos el lujo de perder. 

¿Podría considerarse Human Flow una película neutral? En absoluto. La mera elección del tema y la selección de los fragmentos que constituirán el resultado final impide pensarlo. Tampoco la aportación de contundentes datos, quizá abrumadores es verdad, y de distintos testimonios recogidos en todos los continentes hacen que debamos considerar la película como una aportación menor respecto al problema.

El hecho de estar firmada por Weiwei la convierte, os admito que quizá injustamente, en un objeto de interés y a partir de ahí, cada uno desarrollará su postura vital.

Daha es otra cosa.

La neutralidad salta hecha añicos desde el minuto cero del film. Dice su publicidad que el protagonista, el adolescente Gaza, tiene que elegir entre la supervivencia y los valores éticos. Uno siempre espera, inútilmente, que la humanidad no le defraude. Ya se que todo es mentira, pero suena tan real...

Partiendo de una novela de Hakan Günday se monta una película que se sitúa en las antípodas de Human Flow. Si en la segunda el distanciamiento de las tomas hacían llevadero el contenido que se intentaba transmitir, aquí el recurso a planos de todo tipo y condición montados de forma dinámica, impide el distanciamiento.

 El joven y despierto Gaza ayuda a su brutal padre en el alojamiento y transporte de emigrantes sirios hacia Europa con la ayuda de un par de marineros. Este lucrativo negocio se realiza con el consentimiento interesado del jefe de policía. El adolescente tiene la posibilidad de irse a estudiar a la capital, lo que es rechazo de plano por su padre que le desea a su lado para dar continuidad al negocio. El desprecio por la mercancía humana con la que trafican, a la que usan como instrumento primitivo y a la que encierran en un zulo, lleva al padre a la violación de una de las mujeres situación agravada por la muerte del hijo de ésta debido a la negligencia de Gaza. Este hecho es usado como instrumento de chantaje moral por parte del padre. Gaza se va identificando cada vez más con las remesas de desplazados llegando a enamorarse de una de las muchachas con las que trafican; esta empatía con los desplazados salta por los aires cuando asiste, desesperado, a los abusos sexuales a los que el jefe de policía somete a la muchacha. La huida del domicilio paterno y el castigo infligido por el padre a su retorno terminan por convertir a Gaza en el sustituto de su padre.

La historia está contada sin ocultar la violencia pero tampoco sin recrearse en ella. Y es una ficción. Ni mejor ni peor que otras, éstas sí reales, que hemos visto relatadas en la prensa. Desde este punto de vista, que no sea real no quiere decir que no sirva para que el espectador se conciencie de la cosificación a la que se somete a los migrantes. Esa,precisamente, es una de las virtudes del arte.

Para concluir con Daha, hay algunos aspectos que me gustaría reseñar. En el momento de la segunda violación, su padre le pregunta a Gaza: "¿Cómo crees que esa chica ha llegado hasta aquí?". Esta brutal reflexión amplía el espacio temporal de la película hacia atrás y también hacia adelante porque lo que el film nos cuenta es solo una etapa de una larguísima historia con la que deben enfrentarse quienes asumen una decisión tan desarraigadora. Y tan cargada de dolor. El otro aspecto es la transmutación final de Gaza que se convierte en el dios del micromundo que hereda, que actualiza, que vigila y del que se considera dueño y señor.

Solo que Gaza no se da cuenta de que quien domina en el subsuelo, quien es señor del inframundo no es Dios, sino Satán.

Se han proyectado otras películas que han tratado el problema de los desplazados, los exiliados, los refugiados... Parece que ha sido el "leif motiv" de esta Seminci pero, dado que no las he visto, no creo razonable opinar al respecto.


La gran perdedora de la Seminci ha sido The Party, de Sally Potter.


Hay cosas que me pasan por romper mis propias reglas. Me la recomendaron como una crítica demoledora a la sociedad británica y yo me lo creí. Craso error. Todavía no comprendo por qué razón era acreedora de tan altas expectativas. Me parecen endebles tanto el argumento como el guión. Y, la verdad, no me hizo mucha gracia.

Creo que es un vacío ejercicio de montaje sustentado en unos buenos protagonistas (muchas veces sobrepasados en su actuación) que se reparten a ratos los momentos estelares. ¿Qué queremos decir cuando calificamos algo como "de cine"? ¿Y cuándo lo calificamos de "teatral"? Generalmente se nos olvidan estas cosas que impiden, por ejemplo, que Nuria Espert haya podido triunfar en la gran pantalla. Y eso que yo no creo que ésta haya sido una comedia negra filmada. Creo que es algo más. Que pueda dejarse reducida a tres estancias no le quita, en absoluto, su valor cinematográfico. Lo que me ha decepcionado son las expectativas que yo mismo, sin que nadie me obligase, me había creado.

Y como estaba inquieto y no me atraía mucho lo que estaba viendo y la excelente selección musical no daba para paliar el desinterés, recordaba yo aquellas observaciones que le dirigía Engels a Minna Kautsky indicándole que no era preciso exagerar lo malos que resultaban los capitalistas de sus novelas. Que con reflejarlos tal como eran ya bastaba. Pues eso. Que la caricatura está bien como entretenimiento pero que con ella es muy difícil trascender.

Potter tiene una notable trayectoria a sus espaldas y bien puede darse el gusto de este divertimento. Allá ella con su productor. El elenco pintoresco de los personajes la ha hecho merecedora del premio Espiga Arcoiris.

Por pura coincidencia, dos de las protagonistas de esta película son las mismas que las del film de Isabel Coixet La Librería. Una historia contada con unos actores que parecen actuar sofronizados y de la que solo es salvable la actuación de la niña. Como no estaba en la sección oficial, omito más detalles.

Otra curiosidad: ambas han sido las más vistas de la Seminci.

sábado, 25 de marzo de 2017

FALSOS ARTÍSTICOS


Que nuestra época lo es más del simulacro que de la verdad es una aseveración tan repetida que, a fuerza  de ser cierta, termina por no querer decir nada. Y cuando escribo esto no puedo por menos de acordarme de la exposición montada en el Museo Arqueológico de Cataluña (julio-septiembre 2016) con aquellos objetos incluidos como antigüedades en las películas de Indiana Jones que sirvió para disparar el número de visitantes a sus salas.

Aunque, por su modestia y por su limitada repercusión, no parece que vaya a ser el caso, en el Palacio del Licenciado Butrón, sede del Archivo General de Castilla y León, puede verse hasta finales de abril una exposición que ofrece motivos más que suficientes para detenerse a pensar qué es aquello que consideramos arte y cómo es percibido por el común de los espectadores quienes se acercan a la mera contemplación estética de un objeto desde la óptica altruista (es decir, sin interés por su posesión) defendida entre otros por Kant.

Son objetos que, provenientes del depósito de la Brigada del Patrimonio Histórico en Madrid y del Museo Nacional de Policía en Ávila, en su mayor parte nunca tuvieron otra finalidad que ser creados con la intención de perpetrar un fraude. Un engaño para quienes disponiendo de dinero estaban (antes más que ahora aunque no desesperemos que la recaída en los viejos vicios es solo cuestión de tiempo) dispuestos a gastarlo en poder colgar de sus salones y dormitorios lienzos o papeles con tal de que se les garantizase que se trataba de obras de Berruguete, El Greco, Arellano, Sorolla, Vela-Zanetti, Picasso, Miró, Chillida, Tapies, Saura, El Equipo Crónica y, ya puestos, Chagall, Kandinsky, Malevich, Popova…. Eso por no mencionar las esculturas en terracotta precolombinas y otros objetos de la más variopinta especie y procedencia, como falsificaciones documentales de Ramón y Cajal, que para todo hay público y compradores en esta sociedad fetichista.

¿Qué mueve ese interés por la posesión de la obra de un artista famoso?




  Evidentemente, la vanidad y la codicia. En ello el comparador no puede echarle nada en cara al vendedor. Falsificaciones las ha habido siempre. Sin retrotraernos más allá del Renacimiento, Vasari las cuenta de Miguel Ángel; el pobre de Claudio de Lorena se vio obligado a llevar un cuaderno (Libro de la verdad) con reproducciones de sus obras que eran falsificadas generosamente en Roma; Van Meegeren hizo pasar sus lienzos por obras de Vermeer y, para concluir, Elmyr de Hory presumía de que muchos museos tenían colgadas obras suyas atribuyéndolas a Modigliani, Picasso y Matisse. Orson Welles, otro gran falsario, realiza una interesante película al respecto: F for Fake (1973).

Ante las obras de la exposición sentimos encontrarnos ante un proceso interrumpido. La duda del comprador, la casualidad de un registro, la vigilancia sobre un delincuente determina la intervención de la policía y la justicia. Lo que vemos es únicamente un mínima parte de un mercado que habrá servido para decorar las casas de operarios cualificados, pequeños y medianos burgueses venidos a más gracias al enriquecimiento obtenido por medio de los innumerables “pelotazos” propiciados por el crecimiento económico sin control de las últimas décadas.

Personalmente lo que me interesa no es tanto lo que se ve sino lo que se intuye.

¿Cuántas obras no habrán sido decomisadas? ¿Qué relación mantiene su poseedor con ellas? ¿Las disfruta como “obras de arte”? Cuando descubre que son falsas, ¿deja de existir el placer que obtenía cuando las consideraba auténticas? ¿Las guarda en el trastero como ocurre cuando a un cuadro, largos años colgado en un museo prestigioso, se le cae la atribución?

En una época sin fotografías era lo más natural encargar a pintores de prestigio el duplicado de obras reputadas. Y nadie se sentía molesto por ello, entre otras cosas porque el valor de cambio era mínimo.

El criterio de autenticidad aplicado a las obras antiguas está sobrevalorado. Habría que ver cuánto hay de Tiziano, Rubens, Bernini en todas las obras que se les atribuyen. Y de Mirón o Policleto ni hablamos. El taller de un artista era más parecido a una factoría de lo que podríamos hoy pensar debido al espíritu romántico que todavía subyace en nosotros cuando hablamos del arte. De Arte. Warhol lo entendió muy bien. Y no ha sido el único.


Una novela de Robertson Davies, Lo que arraiga en el hueso (1985,) presenta, sin ocultar el aspecto lucrativo del asunto, la falsificación como un ejercicio de amor. De amor por un oficio del que muchas veces está ausente la actividad creativa. Dentro de este campo de trabajo podemos considerar a quienes de forma minuciosa se han encargado a lo largo de los tiempos del mantenimiento de las obras de arte. Porque el arte, si está vivo, necesita de cuidados que en otros momentos han incluido hasta la recreación de parte, o de gran parte, de la obra original. Felipe IV no quería esculturas rotas por muy clásicas que fueran; si les faltaba un brazo pues se les añadía y ya estaba solucionado el problema. Porque el arte era algo vivo, no una entelequia como lo son muchas pinturas y esculturas, muchas iglesias y palacios que se muestran al masificado turista como congelados en el tiempo.

Está claro que los niveles de calidad son muy diferentes entre unas y otras y habría que plantearse en qué cabeza cabe intentar colar como buenas algunas de las piezas presentes en la muestra. También resulta evidente que las obras modernas son más fáciles de falsificar que las clásicas y que los colores planos del Equipo Crónica, pongamos por caso, son más fáciles de reproducir que los matices inherentes al óleo; posiblemente las esculturas en cartón son lo más conseguido de la muestra.

La exposición se completa con trabajos del vallisoletano de adopción Juan Villa que nos introduce en el mundo de la réplica de obras de arte con fines escenográficos, urbanísticos o de divulgación artística.

Anímese y dese una vuelta. Será una experiencia, al menos, pintoresca.

Arturo Caballero Bastardo

FALSOS ARTÍSTICOS
Sala de Exposiciones del Archivo General de Castilla y León (Palacio Licenciado Butrón)
Plaza de santa Brígida s/n
(Valladolid)

Hasta el 30 de abril de 2017

Horario:
Lunes a jueves: de 9'00 a 18'30 horas.
Viernes: de 9'30 a 14'30 horas.

Sábados y domingo cerrado.