lunes, 22 de octubre de 2018

SEMINCI 2018

Vuelve la Seminci y vuelve el ajetreo de horarios imposibles y programaciones de difícil justificación. Pero esto es cine, amigos, y directamente en vena, con toda la amplitud de temas y formulaciones visuales que queramos (y más de lo que queramos) para satisfacer los deseos de un público cada vez más añoso enganchado a unas fórmulas alejadas del moderno espectáculo cinematográfico que premia la superficialidad en los asuntos y la acomodación a la demanda del cliente en cuanto a las imágenes.

Una programación oficial que es difícil de seguir para quien se encuentra en plena vida laboral y una serie de ciclos que recogen un sinnúmero de proyecciones de la más variopinta especie. Y fue una de éstas, mi primera película de Seminci:


Carlos Saura: Renzo Piano. Un arquitecto para Santander (2018)
España
Productora: Morena films
Fotografía: Raúl Bartolomé
Duración: 80 minutos

Este verano pude dedicarme con detenimiento a fotografiar la obra de Renzo Piano para el centro Botín. Sin despreciar alguno de sus aspectos más llamativos como el abrirse a la bahía sin constituir un muro frente al mar, la integración con el parque (que no con la ciudad), las pasarelas voladas, la iluminación de las salas (no apreciable en todo su valor por la exposición de esculturas), no dejó de sorprenderme -negativamente- el carácter tan "sixty" de su estética exterior.

Por eso tenía especial interés en ver la propuesta de Saura realizada a mayor gloria de la familia Botín y como tal, iniciada con unas imágenes de las montañas y prados de Cantabria y de su capital, Santander. Por cierto y ya que aparece el término "capital" ¿dónde está la industria y el comercio que dan origen al banco?

Resulta fascinante el proceso de construcción de un edificio. Fascinación que sigue teniendo, porque su padre era un constructor, quien ha diseñado el Centro Pompidou, el Museo de Arte Kimbell, el centro Jean-Marie Tjibaou o The Shard, entre otros. Y un proceso que va corrigiendo los primeros planteamientos, más ortogonales, por una acabado más "naturalista" gracias a la incurvación de lo que antes eran aristas y  por la piel de cerámica que proporciona mayor luminosidad a toda la estructura.

No se trata aquí de evaluar la excelencia arquitectónica de uno de los creadores más exquisitos de la posmodernidad sino de reflexionar sobre una película de la que lo más destacable visualmente es el traveling (digital) que realiza el recorrido desde los jardines de Pereda hasta el mismo mar a través de la pasarela colgada sobre la bahía y los pies de los visitantes sobre el suelo traslúcido el día de la inauguración. También es altamente valorable que en una obra que se termina convirtiendo en pura hagiografía tanto del artista como del comitente no se hayan escamoteado las críticas negativas de arquitectos y urbanistas autóctonos y del público en general al proyecto concreto y a otras actuaciones arquitectónicas en la bahía santanderina.

No hace falta decir que las reflexiones del genovés Renzo Piano son de una elegancia, una exquisitez, una belleza y un interés tal que, por sí solas, hacen recomendable la película.


PedroPinho: La fábrica de nada (2017)
Portugal
Productora: Terratreme filmes.
Duracción: 177minutos

Sinopsis: Una noche, un grupo de trabajadores se da cuenta de que la administración está robando maquinaria y materiales de su propia fábrica. Cuando se preparan para organizar el equipo y la producción, se les obliga a no hacer nada, como represalia, mientras las negociaciones para su despido están en marcha. La presión desencadena una revuelta entre los trabajadores, lo que afectará a todo lo que les rodea. (FILMAFFINITY)

Avalada por diversos premios y por excelentes críticas, me atreví con esta película que, perdón por ser tan franco, me ha parecido un ejercicio extemporáneo dedicado a lo mismo que produce la fábrica: nada.

Es verdad que no se integra en la sección oficial y que como manera de estar al tanto de lo que se realiza en Portugal (esa parte de nosotros mismos tan cercana y tan lejana al mismo tiempo) resulta un buen ejercicio. Es una instantánea de un país sometido a una profunda crisis económica, esquilmado por sus clases dirigentes que padece la obsolescencia de su sistema productivo y de su "intelligentsia" política y social. Eso si hacemos caso de lo que se deriva de la propia película, no de lo que dice. A que nos suena la situación.

Y cuidado que es interesante el argumentario que se desparrama a lo largo de casi tres horas, pero para ser leído con tranquilidad, no para ese sermón que se apoya en unos planos sin principio ni fin entre los que resulta casi imposible encontrar uno solo significativo. Y si tiene alguna coherencia -dentro de una obra de creación- el desesperado discurso de los obreros, las reflexiones de los "intelectuales" con su verborrea marcusiana y sesentayochista explica perfectamente por qué la izquierda europea no ha podido celebrar, como parecía haber merecido, el cincuentenario del mayo francés.

No sé dónde han podido encontrar algunos críticos la ironía o la diversión. Se trata de un film pretendidamente realista que resulta tedioso, deslavazado, rodado como un documental del que apenas se puede destacar ¡la secuencia del  musical! Y no me refiero, precisamente, a la ejecución antimelódica en aquel antro cutre especie de siniestro total diseñado a mayor gloria de uno de los protagonistas.

En el arte es imposible despegar la forma del contenido. Pero eso no significa que buenas ideas hayan generado excelentes obras de arte. Al contrario. Muchas de ellas, con profunda cargas social, han perecido a manos de nefastas formulaciones plásticas. La rabia puede funcionar como motivación artística pero una película es un tipo de arte excesivamente complejo para ser capaz de transmitir con frescura un grito tan desgarrador.

Y, en cuanto a filosofía, podríamos decir que la expresión más atinada termina por ser, desgraciadamente, la que hace referencia a los tupperware.


Denys Arcand: La caída del imperio americano (2018).
Canadá
127 minutos


Con una carrera notable a sus espaldas (El declive del imperio americano, 1986; Las invasiones bárbaras, 2003) incluido un Óscar a la mejor película de habla no inglesa, la película de Arcand (no menos comprometido con su sociedad y con su tiempo que Pedro Pinho) realiza en La caída del imperio americano una  reflexión sobre el mundo capitalista actual vitriólica, divertida, irónica y a veces hasta brillante.

¿Qué haría usted, altruista filosófo dedicado profesionalmente a la mensajería (porque se gana más con esta actividad que dando clase con la primera) si de repente pudiese aprovecharse de unos cuantos millones de dólares?

Este planteamiento, un tanto traído por los pelos es verdad, lleva al protagonista a buscar socios en un delincuente salido de prisión gracias a sus estudios de economía, una scort de lujo, un asesor financiero corrupto (algunos malpensados dirán si no sobra el calificativo), una antigua novia y un ladronzuelo de poca monta.

Desgranando perlas filosóficas a cada trecho, incidiendo burlescamente en las prácticas económicas actuales, criticando la superficialidad de apreciaciones basadas en lo externo, ofreciendo una imagen lujosa de cierta parte del mundo cuando los desposeídos aparecen a lo largo de toda la película como recordatorio, y, sin que ello sea menos importante, poniendo encima de la mesa la inmoralidad de la policía que no duda en usar pruebas falsas para justificar su poco operativo trabajo con el delito más execrable que, parece, puede comerterse ahora: el sexual.

La factura es, se le podría achacar por cierta parte de la crítica, muy americana, pero no sé por qué eso habría de ser un handicap. Está bien contada y la agilidad narrativa hace que las imágenes no necesariamente tengan que ser algo más que el vehículo de trasmisión de un contenido. Vamos, que no se notan. Me parece que tendrá un aceptable recorrido comercial porque posee una intriga bien desarrollada y, encima, un final feliz.

La fábrica de nada y La caída del imperio americano tratan de lo mismo. Son reflexiones ácidas sobre un momento grave de nuestra historia como sociedad, como civilización. Hay sitio para todo en la viña del señor. Para todo menos para el aburrimiento, que el arte es extenso y la vida, breve.

Ha obtenido el premio Fipresci (Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica) en Seminci 2018


Ali Abbasi: Gräns (2018)
Suecia
Productora: Meta Spark Kärnfilm
108 minutos

Sinopsis: Tina es una agente de aduanas reconocida por su eficiencia y por su extraordinario olfato. Da la impresión de poder oler la culpabilidad de un individuo. Pero cuando Vore, un hombre aparentemente sospechoso, pasa junto a ella, sus habilidades se ponen a prueba por primera vez. Tina sabe que Vore oculta algo, pero no logra identificar qué es. (FILMAFFINITY)

Cada festival de cine va haciéndose a medida de los años su propia personalidad, por ello no es raro oír a los espectadores la expresión: "esto no es de Seminci" y, por una vez, casi estoy tentado a darles la razón puesto que, con independencia de su éxito en Cannes, más podría haberse programado en Sitges.

Una guardia de fronteras es capaz de detectar por el olfato a los delincuentes. La detención de uno de ellos, vinculado al tráfico de recién nacidos y a la pederastia, crea el hilo conductor básico al que se le añade el encuentro con otra persona con la que está unida existencialmente y que va a provocar un cambio radical en su vida.

Desaforada, desagradable y hasta repulsiva, en las imágenes que narran los encuentros sexuales de ambos personajes posee un cierto atractivo visual que inquieta y acongoja.

Basada en un relato corto de John Ajvide Lindqvist, me parece un poco forzado realizar su análisis en base a considerarla una fábula sobre el respeto a la diferencia (todos somos diferentes). No obstante, la película -siempre en el filo de lo risible- es una obra oscura en lo visual y heterogénea en los planteamientos a los que da forma el guión: ciencia-ficción, alegato ecologista, defensa de la diversidad sexual, rapto e intercambio de bebés, thiller... todo ello con una puesta en escena oscura y opresiva que, desde mi punto de vista es, incluso por encima de las caracterizaciones y la actuación de los protagonistas, lo mejor de la película.


Matteo Garrone: Dogman (2018)
Italia/Francia
Productora: Archimede / Le Pacte / RAI / Eurimages
120 minutos

Sinopsis: 1988. Pietro De Negri regenta una peluquería canina a las afueras de Roma. Pero bajo esta tranquila profesión se esconde un oscuro pasado. (FILMAFFINITY)

Aclamado por su Gomorra (2008) Garrone vuelve a Castel Volturno para realizar un film que está a camino entre el neorrealismo y el western. Al primero pertenece el sórdido ambiente de un pueblo en decadencia y el personaje principal (extraordinaria interpretación de Marcello Fonte, ganador del premio al mejor actor en Cannes) dedicado al cuidado de perros y narcotraficante de mínima importancia. Este minúsculo individuo en lo físico y lo moral, al que solo le salva el amor por su hija y por los perros, se encuentra sometido a las vejaciones (y aquí entra el esquema de la película del oeste) de un matón que lo usa y que lo maltrata. La transformación de este alfeñique en un auténtico vengador para recuperar el crédito que ha perdido en su comunidad provoca un estallido de violencia que sorprende y acongoja.

Una violencia que parece desorbitada y que nos aboca a la reflexión de dónde se encuentran los límites del individuo.

No es de extrañar que se haya citado a Peckinpah y a De Sica entre sus posibles referencias. La historia está excelentemente contada y aunque, por lo general, se ha dicho de ella que no está a la altura de Gomorra es una obra de un cierto interés.

Y ahora viene lo mejor. Y para aquellos que defienden la necesidad de que el cine esté vinculado a la vida. La trama está basada en un personaje real, Pietro de Negri "Er canaro", sobre cuya peripecia vital no voy a dar noticia dejando al curioso lector que se adentre en los sórdidos aspectos y dé las gracias al director del film por haber sido tan poco fiel a la realidad.


Erik Poppe: Utoya 22. Juli (2018)
Noruega
Producción: Paradox Film 7 / Programa MEDIA de la Comunidad Europea / Nordisk Film / Norsk Filminstitutt
93 minutos

Sinopsis: Conocemos a Kaja, una joven de 18 años, apenas 12 minutos antes de que comience la matanza en el campamento de verano de la isla noruega de Utøya, el 22 de julio del 2011, en el que fue el peor día de la historia moderna de Noruega. Los jóvenes acampados saben de la bomba explosionada por un terrorista en Oslo, pero desconocen que Anders Breivik se encuentra en la isla con la intención de matar a cuantas más personas mejor. (FILMAFFINITY)

El 22 de julio de 2011, Anders Behring Breivik provocó un atentado en Oslo que dejó 8 muertos y 209 heridos. Poco después se desplazó a la isla de Utoya donde se desarrollaba un campamento juvenil del partido laborista noruego y comenzó a disparar indiscriminadamente contra los jóvenes provocando 69 muertos y 110 heridos.

La película de Poppe, fotógrafo de guerra en sus orígenes, es de una brutalidad acongojante. Y no porque se muestre el resultado de los disparos (lo hace en contadas ocasiones) ni porque aparezca el asesino disparando su fusil o su pistola (únicas armas usadas) que solo es visible, y a lo lejos, durante breves segundos sino porque prácticamente en tiempo real y en un plano secuencia del que hace protagonista absoluto a un personaje de ficción nos obliga a identificarnos con Kaja (Andrea Berntzen)  y con las diversas vicisitudes que le dan forma.

Su compromiso social, sus preocupaciones familiares (está en el campamento acompañada por su hermana menor) su solidaridad con los heridos...  pero también la incomprensión e incluso el rechazo del que es objeto cuando intenta protegerse del tiroteo. Esos momentos terribles nos ponen frente a nuestros más heroicos comportamientos y los egoísmos más viles.

La acompañamos en su deambular, nos hacemos partícipes de su terror, nos solidarizamos con ella y con sus amigos con el convencimiento, porque ya conocemos la historia, de que muchos no van a salir indemnes de la isla.

Desde el punto de vista de la realización, discrepo del (y me mareo con) continuo movimiento de la cámara. En 1969, Juan de la Cierva y Hoces, sobrino del inventor del autogiro, recibió un óscar honorífico por el dynalesk, un estabilizador óptico que la evitaba y acerca el cine a la experiencia visual humana que corrige cerebralmente ese traqueteo. El cine es ficción incluso cuando cuenta una historia -si no real- basada en documentos y en testimonios de quienes la sufrieron y que han quedado traumatizados por ella (hay algún que otro film al respecto). Ese efecto de cámara al hombro es una concesión innecesaria a la TV y, desde mi punto de vista, no proporciona mayor veracidad a algo que de por sí es una obra obra de arte.

Sea como fuere, de una forma efectiva -que no efectista- adoptamos la perspectiva de la víctima. Es el mayor logro de la película. Los muertos por el terrorismo son muertos, sea cual sea su ideología y la de los homicidas. No es necesario intentar comprender nada más. No debe haber explicaciones. Ni económicas, ni sociológicas ni psicológicas. Es por ello por lo que la moralina de los títulos finales me resulta totalmente innecesaria.


Yeo Siew Hua: A Land Imagined (2018)
Singapur
Producción: Akanga Films Asia, Films de Force Majeure, Volya Films.
95 minutos

Sinopsis: Wang, un trabajador chino que vive en el área industrial de Singapur sufre un accidente en el trabajo y está ansioso por la repatriación. Incapaz de dormir, comienza a frecuentar un cibercafé en medio de la noche. Con la esperanza de encontrar alguna forma de contacto humano en una tierra que lo hace sentir alienado, hace una amistad en línea que termina siendo mucho más siniestra de lo esperado. Cuando Wang desaparece repentinamente, el policía Lok es llamado a investigar la historia descubriendo una verdad inesperada. (FILMAFFINITY).

Me resulta difícil valorar positivamente (aunque venga acreditada como la mejor película del Festival de Locarno) una película que posee un absoluto desprecio por las mínimas normas narrativas. Incluso tengo la impresión que ese pretendido mundo onírico, surreal, no es sino la consecuencia de ese defecto de base y no al revés. No necesariamente me interesan las películas fáciles pero siempre que una película no es entendida por una inmensa mayoría de los espectadores, el problema suele ser del emisor y no del receptor.

Y cuidado que la historia podría haber dado de sí: la búsqueda de un trabajador inmigrante desaparecido por parte de un oficial de policía que se identifica con el buscado puesto que ambos poseen el mismo problema: el insomnio. Y de base, la explotación de los inmigrantes que deben hacer frente a ingentes deudas y a quienes se les retira el pasaporte dejándolos como única vía de escape el mundo virtual dado que ni siquiera la supuesta amistad interracial puede considerarse sólida.

Pero las secuencias, con sus problemas de continuidad, parecen estar diseñadas para despistar al espectador Las cosas suceden y no sabemos por qué, ni siquiera se nos insinúa su origen o su finalidad. El pulso narrativo brilla por su ausencia aunque la fotografía posee un cierto interés.

Por salvar algo, el poético juego de palabras con el que se indica la posibilidad, dentro de la misma isla, de viajar a los territorios extranjeros de los que se ha importado la tierra que sirve para ampliar el 25 por ciento de su extensión durante el último siglo. Demasiado pobre alegato contra el concepto de nación que tanto parece preocuparle al director del film.

Ha sido galardonada con el premio a la mejor fotografía en Seminci 2018.



Til Schweiger: Honey in the Head (2018)
Alemania
Barefoot films/Warner Bros.
137 minutos


Sinopsis: Un tierna, quizá en exceso, reflexión sobre el alzheimer protagonizada por un abuelo (que acaba de perder a su esposa) y su nieta (con unos padres que mantienen una compleja relación sentimental) que buscan en Venecia los recuerdos del viaje de novios del primero.

Se trata de un "remake" del film alemán Honig im kopf (2014) del mismo director realizado desde una óptica completamente americana y con unos medios acordes con su producción por parte de la Warner. Como no vi el primero resulta imposible establecer comparaciones, aunque a falta de cartel de la nueva, pongo -a título de curiosidad- el de la vieja.

Pero sí realizar alguna reflexión sobre el film que pudimos ver destinado a la sesión de clausura. Parte del elenco técnico presente en el acto, pidió disculpas por el acercamiento humorístico a un tema de tanta trascendencia como es el que nos ocupa. Y es aquí donde quiero centrar la reflexión.  Como película de humor familiar funciona perfectamente. Es graciosa, aunque algunas veces previsible; se deja ver muy bien; las interpretaciones son más que aceptables (me planteo la dificultad que ha debido tener rodar con unos actores de personalidad tan marcada como Kick Nolte, Matt Dilon, Emily Mortimer, Jacqueline Bisset...); resulta respetuosa con todo el mundo salvo con Trump y tiene un final (hasta donde ello es posible) feliz...

No resulta extraño que alguno de los espectadores que aplaudieron la película más allá de lo que dicta la cortesía de Seminci (no soy partidario de silbidos ni pataleos pero el aplauso educado tampoco es imprescindible porque así no hay forma de saber lo que opina el público) pensase que se trataba de un pastelón. Y sin embargo ¿quién se abstiene absolutamente de pasteles, tartas y merengues? La Seminci nos ha acostumbrado a una visión dramática de la existencia a través del cine y resulta hasta extraño sentarse a presenciar una película amable. Pero la vida va más allá de las continuas derrotas. Hay progreso en la humanidad. No siempre triunfa el mal. Hay placer sano que no debe ser purgado por continuo remordimiento. Aunque hay oscuridad también hay luz y otras formas de entender la vida en sus infinitas y complejas relaciones.

Otro asunto es si tanto el medio como el desarrollo del tema son los adecuados para tratar un problema que afecta en nuestro país a un millón doscientos mil mayores y que incide directamente en otros seis millones de personas consumiendo no solo los recursos sino la propia existencia de los familiares que se encuentran alrededor de los enfermos cuyos recuerdos, antes de desaparecer, comienzan a pegarse unos a otros en su cerebro como sí estuviesen mezclados con la miel que proporciona el título a la película.

Eso habría que planteárselo a los cuidadores. En ningún caso creo que el guionista dé recetas diferentes a las que cualquier médico emplearía en su consulta.

Supongo que tendrá un aceptable recorrido comercial.


Gastón Duprat: Mi obra maestra (2018)
Argentina
Producción: Televisión Abierta; Arco Libre; Mediapro
100 minutos

Sinopsis: Arturo (Guillermo Francella) es un galerista encantador e inescrupuloso. Renzo (Luis Brandoni) es un pintor hosco y en decadencia. Si bien los une una vieja amistad, no coinciden en (casi) nada. El galerista intenta por todos los medios reflotar la carrera artística de su amigo, pero las cosas van de mal en peor. Hasta que una idea loca y extrema aparece como una posible solución. (FILMAFFINITY).

La crítica ha mostrado sus reparos a esta obra que sigue a la exitosa El ciudadano ilustre (2016) que, realizada junto a Mariano Cohn, se hizo acreedora a numerosos premios entre ellos la Espiga de plata y el Mejor guión en Seminci 2017. Como muestra elijo algunas de ellas (perdonadme que no cite a sus autores pero podéis rastrearlos en Filmaafinity): "...dardos envenenados pero dianas demasiado fáciles; trama menos trabajada que en «El ciudadano ilustre». Es una sátira (...) algo complaciente. Nunca es capaz de definir de qué quiere hablar, diluyéndose entre todas sus posibilidades. Uno podía encontrarles muchos defectos a las películas previas pero aburridas nunca eran. Esta, por momentos, lo es. Escenas descuidadas.

Bueno, pues a pesar de ello la gente aplaudía y salía satisfecha de lo que había visto. Vuela en todo lo que llevamos escribiendo un problema que se deriva de la compleja forma de ser del cine. ¿Arte o industria? ¿Forma o contenido? ¿Trascendencia o superficialidad? ¿Realismo o ficción? Resulta curioso ver cómo, para realizar una crítica, vamos saltando sistemáticamente entre criterios en función de nuestras opiniones (más o menos fundadas), nuestra manías (que se acentúan con la edad) o nuestro estado de ánimo que -sistemáticamente- no puede ser idéntico en todos y cada uno de los momentos de nuestra vida.  No pude verla cuando fue presentada a concurso (tampoco, porque estaban agotadas las entradas, cuando se realizó su segundo pase) y pude hacerlo el domingo a la hora del Barça 5 - Madrid 1 cuando se reponen algunas de las que han sido valoradas positivamente a lo largo de la semana anterior. Vino a mi memoria Arte (1994) de Yasmina Reza que, tras el pretexto de una reflexión sobre un cuadro, desarrollaba un desaforado alegato sobre las relaciones humanas. Pues aquí un poco también.

El análisis sobre el obra de arte (a pesar de que el guionista es director del museo Nacional de Arte de Buenos Aires) no está realizada desde el punto de vista del creador (poco o nada hay de reflexión sobre la actividad creativa concreta) sino de la inserción social del arte, esto es, de un mercado falaz que se mueve por criterios ajenos a la propia obra que consagra definitivamente el valor de cambio por encima del valor de uso (aunque sea "espiritual") que un lienzo posee. Y además una agridulce (dulce por la ironía y agria por la verdad que subyace en ella) reflexión sobre los galeristas, los críticos y sobre la sociedad en general. El guión es posible que se note en exceso y dentro del guión la parte literaria (citas, sentencias, aforismos, etc...) por encima del planteamiento plástico. Moralmente, como Match point (2005) de Woody Allen, es reprobable porque al igual que pasaba en la primera, en ésta no nos importa que muera el pazguato españolito con ínfulas artísticas que termina dejando de lado su impulso creativo para trabajar en una ONG. Y eso es mérito de quienes nos hacen vivir la amistad de esos dos simpáticos timadores de poca monta como bien supremo con el que se justifica todo. Y, además, poco importa lo ético aquí porque es una película y todo lo que se desarrolla en ella sigue las reglas establecidas por el autor.

Arranca con una reflexión a propósito de Paisaje norte (2017) de Germán Gárgano (1953) discípulo "sui generis" de Carlos Gorriarena (1925-2007) que es el artista a quien se rinde un homenaje con todas las obras un poco tardo-pop (más que americano, inglés -Kitaj, Hockney y de muy,  muy lejos hasta Bacon) y más propiamente posmodernas que aparecen en el film y quien -de algún modo- proporciona la base humana de Renzo. Termina, cerrando muy coherentemente con esa vuelta a la naturaleza como fuente estética, haciendo una reflexión sobre la muerte delante del Cerro de los catorce colores en Humahuaca, Jujuy, que da título al lienzo de inicio.

Cuando esté disponible en vídeo la veré con mis alumnos.

Para desesperación de críticos, supongo, ha sido Premio del público en Seminci 2018




jueves, 7 de junio de 2018

BALTASAR LOBO. UN MODERNO ENTRE LOS ANTIGUOS


El escultor zamorano Baltasar Lobo (1910-1993) representa, alejado de su tierra natal, la continuidad de las vanguardias históricas. Se había formado en Valladolid antes de dar el paso a Madrid y entrar en contacto con el ambiente cultural progresista (a finales de los años veinte) época en la que se preocupa por la escultura primitiva; comprometido políticamente con la República, marcha a París en 1939 y comienza a colaborar con Henri Laurens quien marcará su estética en la que a un naturalismo de base se une la simplificación volumétrica de sus figuras humanas tema recurrente en el artista a diferencia de otro castellano y leonés que vivía también por aquellos años en la ciudad del Sena: Mateo Hernández, más vinculado a las formas animales. Esta manera de trabajar acerca su plástica a algunas propuestas de Hans Arp y de Constantin Brancusi lo que se hace más evidente a partir de mediados de los cuarenta. A finales de los años sesenta retorna a planteamientos más clásicos sin dejar de valorar los aspectos de masa escultórica. La obra de Baltasar Lobo es, entre nuestros paisanos, probablemente la más cercana a las propuestas europeas del momento. Donó su colección privada a la ciudad de Zamora.


Como proemio a los párrafos que siguen querría dejar claro que, tal como decía Spinoza respecto al arte, no son consecuencia directa de las obras en sí, sino de la mirada que se proyecta sobre ellas. Valga esta declaración de intenciones para dejar claro que no pretendo con los juicios vertidos ningún tipo de visión normativa sino una mera reflexión escrita de lo que las obras me han motivado.

La exposición que se presenta en el Museo Nacional de Escultura es una selección interesante de obras pertenecientes tanto al legado Lobo como al Museo y Ayuntamiento de Zamora. En algunas de ellas puede apreciarse la influencia de las vanguardias de la primera mitad del XX o quizá sea mejor decir de algunos de los más relevantes creadores plásticos de estos momentos como Brancusi, el propio Picasso y Hans Arp, especialmente del último.





De tarde en tarde el Museo de Escultura nos presenta modestas muestras en cuanto al número de obras pero muy interesantes porque resultan acordes con los planteamientos expositivos y museográficos propios de los momentos en los que nos encontramos, alejados de las mastodónticas revisiones de artistas del pasado -o del presente- tan propias de hace unos años. Más discutible ha sido la incorporación al proyecto museográfico de los yesos que constituyen el conjunto expuesto en la Casa del Sol. Y no deja de ser una pena porque en una sociedad del simulacro y de la posverdad, el mundo de la copia podía proporcionar no poco juego siempre que exista un proyecto de uso escolar (para lo cual sería preciso una mejor distribución espacial) o didáctico como lo que puede verse en Munich o Kassel donde se recrea el presunto estado original de las piezas además de contar con los originales.

Sea como fuere, lo cierto es que aquí y ahora se ha conseguido un diálogo entre el arte del pasado y el del presente que, además de poder apreciar las obras de Lobo en diferentes estadios de su proceso creativo, nos ofrece tema para la pura reflexión estética más que sobre la sociológica. Y esto no deja de ser importante en un escultor tan ideologizado como Baltasar Lobo quien, sin embargo, no transfirió -podemos pensar que conscientemente- la tensión política o social de su momento histórico a sus esculturas. Al contrario: sus obras son un espacio para la creación y recreación de y en la belleza a partir de una sensual reflexión sobre la configuración humana por medio de una simplificación, casi musical, de las formas.




Para la presentación de las esculturas de Lobo se ha buscado una afinidad formal entre ellas y los moldes de yeso que conforman la colección. La primera pregunta que nos podemos plantear es si esta semejanza se basa en una interpretación consciente del modelo o se trata de mera coincidencia dado que las copias clásicas empleadas forman parte del acervo común de la cultura occidental. Fijémonos en la figura reclinada que se pretende relacionar con el molde del frontón oriental del Partenón (425-420 a.C.), obra del taller de Fidias, cuyo original se encuentra en el Museo Británico y que representa a las Parcas aunque también se piense que pueda tratarse de Deméter, Artemisa y Afrodita. La mera disposición recostada no permite en absoluto identificarlas. El carácter es esencialmente diverso. En un caso de la obra clásica tendría como finalidad acompañar el nacimiento de la diosa Atenea mientras que en el caso de Lobo la figura se cierra en su propio abandono indolente. 



Podemos aceptar que las imágenes poseen una doble vida. Por un lado la que tiene que ver con su pervivencia formal y, por otro, la que procede del contenido que pretenden transmitir. Las imágenes del Partenón, éstas concretamente, están en la base del desarrollo escultórico de otros artistas como Henry Moore pero también lo está el Chac Mool prehispánico que, al parecer, poseía una finalidad bastante más tétrica.

Este recuerdo a Moore no es baladí. Muchos elementos de los dos creadores contemporáneos son recurrentes. Los doce años de diferencia que se llevaban no son tantos para que los consideremos como pertenecientes a generaciones diversas. Moore fue un poco más lejos que Lobo en su estilización de la realidad de la que también parte y también pudo trabajar, por un mercado más idóneo, a una escala monumental a la que no pudo acceder el artista zamorano

Por otra parte, las figuras reclinadas en pintura (Giorgione, Tiziano, Poussin) y escultura (Canova) son una constante dentro de la creatividad artística. Lo que el autor pretende con ellas es la transmisión tanto de un ideal de belleza como de una forma cerrada en sí misma; no es trivial que Lobo las obligue a desprenderse de sus manos y de sus pies que, evidentemente, le estorban para la concreción de su proyecto.




Más relación conceptual guardan la Ariadna dormida (¿tal vez una bacante?) con el desnudo reclinado en bronce que trasmite semejante sensación de lujurioso abandono.

Volvemos a encontrarnos aquí con un problema de pura transmisión conceptual. Enfrascados en cuestiones estéticas, nos olvidamos de que las obras de arte se realizan para trasmitir un contenido y que su valoración posterior como objetos artísticos es la que hace que pierdan su valor originario. No olvidemos que una obra de arte, una gran obra de arte, suele ser la solución formal a un problema comunicativo. Cuanto mejor resuelto esté más posibilidades de pervivencia tendrá la solución.

La belleza en el arte clásico era un medio. En el arte contemporáneo es el fin. 

Las obras de Lobo, como tantas otras de su momento se enredan en su ensimismamiento ajeno al entorno pues -como diría Rubert de Ventós criticando el vanguardismo convencional en El arte ensimismado- "...las obras de arte han de ser, ante todo, objetos, No han de remitir sino a sí mismas ni indicar otra cosa que su mera presencia. La obra de arte no significa nada; simplemente es".



Evidentemente no se nos escapa la relación que poseen estas manifestaciones plásticas (las del pasado y las de Lobo) con una belleza que tiene un evidente componente matemático del mismo modo que ya habían detectado Pitágoras, Platón y Aristóteles; solo que las matemáticas contemporáneas ya no son las propias del sistema establecido por Euclides.

Resulta palmario que otra de las fuentes de la belleza, al mismo tiempo que las relaciones formales organizadas según determinados ritmos aritméticos, ha sido la de la atracción sexual. Si fuésemos un poco cínicos podríamos decir aquí aquello de por qué lo llaman belleza cuando quieren decir sexo, pero eso nos metería de lleno en un debate diferente que prefiero dejar para momentos más apropiados. Uno de los modelos de más largo recorrido a partir del arte clásico griego y especialmente del helenismo fue el de la representación del baño de Afrodita (relacionado con los cultos de Eleusis) con diversas variantes: acompañada (Trono Ludovisi) o sola tanto vestida como desnuda (con famosos modelos de Praxíteles) y en cuclillas, siendo el modelo más celebrado el de Doidalsas de Bitina (s. III a.C.). copiada y reinterpretada hasta la saciedad.

Lobo también deja una versión propia del tema.


El Helenismo, en cierta medida, llevó todo lo lejos que pudo los modelos escultóricos de los artistas de la crisis de la polis: Praxíteles, Escopas, Lisipo... imponiendo a su mirada una visión más actual sobre los cánones de belleza, sobre los valores del movimiento, la representación del "pathos" y también los relacionados con los juegos espaciales que tienen que ver con el lleno y el vacío en los que los escorzos resultan imprescindibles.

Tanto los yesos del Museo como los estudios de Lobo juegan con todos esos valores y ha sido posible encontrar correlatos entre unos y otros. Y de todos con la vida a la que  ambos se remiten.

¿Qué hay de todo ello en cada obra? ¿Qué hay de general y de particular en ellas? 

Henri Focillon decía del artista  "No fabrica una colección de sólidos para un laboratorio de psicología, sino que crea un mundo, complejo, coherente, concreto, el cual, al ser de este mundo, está en el espacio y la materia, sus medidas y sus leyes no son solo las del espíritu en general, sino medidas y leyes particulares".

O lo que es lo mismo: el artista se mueve entre lo general y lo particular terminando por prevalecer esta última postura. Incluso cuando se enfrenta con el pasado, la visión que un artista manifiesta es, siempre, una visión contemporánea.



Visto con el distanciamiento propio que impone la exposición pública y con la propuesta de parangón que nos ofrece el Museo de Escultura, nos parece que a la poética que subyace en las obras de Lobo, tan representativa del momento en el que vivió, le sucedió lo  mismo que a las de sus coetáneos. Iba a ser arrasada por los cambios que se producen a finales de los años sesenta que desguazaron el sistema de valores establecidos en la modernidad de tal manera que todavía no hemos sido capaces de elaborar -si es que ello es posible e incluso necesario- uno propio de nuestro momento histórico que sustituya a aquel. 

Y desde este punto de vista, estas obras (como los modelos helenísticos) representan el dorado y dulce fruto maduro que todavía, de tarde en tarde, añoramos de otros tiempos en los que todo poseía una coherencia de la que adolece la vida actual.

Arturo Caballero Bastardo



jueves, 15 de marzo de 2018

DELICIAS. DEVENIR


DELICIAS. DEVENIR
GaBe Espacio Creativo
I.E.S. Delicias, Paseo Juan Carlos I, 20 47013 Valladolid
Del 9 al 28 de marzo de 2018
Horario escolar y a petición

Delicias. Devenir es la primera exposición colectiva de un proyecto que pretendemos tenga una continuidad temporal más allá de la participación en el programa CreArt. En ella podemos comprobar la evolución creativa de aquellos alumnos que eligieron la opción de cursar sus estudios dentro del Bachillerato de Artes y que pertenecen a distintas promociones del  IES Delicias. Para esta muestra hemos optado por contactar con alumnas y alumnos que durante su período de formación mostraron un interés claro por cultivar su capacidad creativa en diversos campos, ya sea porque su actividad se desarrolla en el marco de las artes funcionales o bien en el terreno del “arte en su vertiente más pura” alguno de los cuales han dado el salto, ya, a salas de exposiciones institucionales y a galerías.


 El año 1998 se autorizó al I.E.S. Delicias la impartición del Bachillerato de Artes; siete años después, se inauguraba un nuevo pabellón para estas enseñanzas que incluía una modesta sala de exposiciones que durante ese mismo curso ya fue usada por dos recién licenciados de Bellas Artes por Salamanca que habían cursado sus estudios en la cuarta promoción de alumnos de nuestro centro: Víctor Hugo Gutiérrez y Diego Arenales. No era una trivialidad. Era una apuesta con una finalidad concreta. Se trataba de realizar un seguimiento de los alumnos que titulaban en nuestro centro al mismo tiempo que ofrecíamos un lugar sencillo y digno en el que mostrar sus progresos.


En 2009 se bautizó el espacio expositivo con el nombre de García Benito y en marzo de 2010 se inauguraba oficialmente con la exposición García Benito en las colecciones públicas vallisoletanas. A partir de ese momento, antiguos alumnos del instituto, como Jonás Fadrique (2012), y reconocidos artistas de nuestra comunidad han colgado sus obras en ella curso tras curso. En 2014 comenzaba a impartirse el Bachillerato de Investigación/Excelencia en Artes, una de cuyas alumnas más destacadas (Laura Reyes) se graduaba en estas enseñanzas no hace siquiera un año. Nuestra muestra, además de los cuatro artistas citados incluye las obras de Jimena Agra, Berta Santos, Rut Pedreño y Paula González que también dieron sus primeros pasos formativos en nuestras aulas.


¿Más mujeres que hombres?
Sí. Porque esa ha sido la tónica de nuestros estudiantes a lo largo de estos casi veinte años. Pero no ha existido ningún criterio previo en esta selección. Sus nombres surgieron de forma natural entre otros muchos que irán apareciendo en sucesivas muestras.

Decía Baudelaire que la crítica, para ser justa, para estar fundamentada, debía ser “parcial, apasionada y política; es decir, hecha desde un punto de vista exclusivo, pero un punto de vista que abra el máximo de horizontes”. No sé si las líneas que siguen van a ser políticas –ello dependerá, en parte, de quienes las lean-  pero desde luego que serán parciales y apasionadas. Y lo van a ser porque no me es posible distanciarme de las obras que voy a glosar ni de los artistas que las han concebido y realizado puesto que forman parte de la propia historia de las paredes de donde cuelgan.

¿Qué aportan estos jóvenes creadores a nuestra experiencia estética? Pues un amplio abanico de tendencias. He apuntado en otras ocasiones la dificultad de nuestros artistas por sumergirse en las manifestaciones menos figurativas, siendo como ha sido la abstracción la conquista más llamativa de la creatividad durante el pasado siglo, y es por esta razón, además del naturalismo tan propio de nuestro ámbito cultural, por lo que el realismo forma la base de lo que podemos ver en el GaBe. Pero ese realismo, como veremos, no lo es al estilo de la recuperación de esta tendencia en los años sesenta del siglo pasado.


Víctor Hugo Gutiérrez, es un artista formado en Salamanca y de reconocida trayectoria en el ámbito castellano y leonés (jalonada de diversas muestras colectivas e individuales y premios y con obra en diversas colecciones nacionales). Además de su primera muestra en nuestro centro, a la que ya hemos aludido, realizó en 2009 otra a la que tituló Paraíso que era una reflexión, extremadamente barroca y colorista, sobre nuestros paraísos pero también sobre nuestros infiernos.  No es casualidad que de sus múltiples creaciones el artista haya elegido para la muestra Adán y Eva, cuyas figuras evanescentes se desdibujan en una especie de Jardín del Edén pos apocalíptico.


 Por aquellos años, escribía sobre él: “El arte de Víctor Hugo no es fácil; tampoco lo es la realidad que nos envuelve. Se hace cada vez más trascendente y se aleja de lo anecdótico y lo superficial. En estos años se ha dado cuenta de que la técnica es solo el medio; que lo importante es el concepto, la historia que subyace en las aparentemente indescifrables imágenes, unas imágenes que muchas veces nos resultan tan aleatorias como los naipes de un tarot que caen al azar sobre la mesa; tan incomprensibles como la vida que aprehendemos de forma fragmentaria cuando pasamos por la calle y cuyos indicios remiten a ignotas realidades que nos inquietan vagamente y que de forma inexorable se transforman en oscuras y brutales metáforas visuales generadoras de una poderosa y opresiva sensación de inquietud, de misterio y de miedo”.

Aquellas palabras me siguen pareciendo  válidas. La mirada del varón nos interpela directamente con una actitud dominante mientras que nos es imposible interpretar los sentimientos de la mujer aherrojada por un sadismo que impide su plena realización como ser humano.  En cierto modo, los tradicionales papeles del asunto, la mujer causa del pecado de toda la humanidad y el hombre víctima subyugada, han sido puestos en solfa en estas perversas imágenes, que estuvieron presentes ya en la Sala de Exposiciones de la Diputación de Palencia (2010) en una exposición que con el título de Apocryphal Myths supuso todo un aldabonazo visual.

Después de Lebensraun, en la Sala Calderón de Valladolid (2014), que supuso el punto final a su etapa vallisoletana, Víctor Hugo está en la actualidad trabajando en Italia donde ya ha realizado una primera exposición colectiva en el Palacio Crespy de Piacenza, ciudad en la que reside, y donde está elaborando materiales para una próxima muestra en Milán.


Diego Arenales, ha desarrollado una carrera semejante a  la de Víctor Hugo a quien le une, además de una camaradería iniciada en nuestras aulas y continuada en Salamanca, una amistad que ha sobrevivido a tiempos y distancias. Pero una cosa son las relaciones personales y otra el arte. A pesar del realismo que puede encontrarse en el trabajo de ambos. Diego ha estado vinculado siempre a su entorno más inmediato, lo que ha condicionado su propia evolución como artista.

Cautivado desde siempre con la cultura juvenil (su manía por los cómics y por las figuritas “warhammer” estaba, probablemente,  en la base de su interés por las artes plásticas) pronto se interesó por la imaginería popular castellana, esencialmente la barroca, que reinterpretó irónicamente en sus proyectos “Sanctus”, primero en el GaBe (2008) -en el que colgó la Inmaculada que sigue siendo para mí uno de los iconos más esplendorosos ideado por Diego- y luego en la iglesia de Calvarrasa, Salamanca (2009). A partir de sus mártires cristianos era lógico que profundizase en la Violencia con mayúsculas. Ambas convergieron en Apocryphal Myths que tuve el gusto de prologar. Allí consigné. “Diego, como hizo hace cuatrocientos años Caravaggio, ha optado por el naturalismo en su versión más cruda y lacerante. Es la violencia de la sociedad moderna, ese mundo al que occidente rechaza asomarse por miedo a verse reflejado en un espejo doméstico. Resulta obsesiva en él una doble búsqueda del horror que se concreta, por un lado, en su extensísimo archivo de hagiografía católica poblada de infinitas formas de sufrimiento y muerte y, por otro, en la profundización en el terror que imponen de forma cotidiana las bandas de narcotraficantes en Hispanoamérica y en Asia y la violencia política y étnica desatada en Oriente Próximo e incluso en América y Europa”.

Progresivamente se ha ido interesando por las nuevas tecnologías aplicadas a la creatividad. Lo hizo patente en las obras que se seleccionaron para la exposición El fin de la historia... y el retorno de la pintura de historia (2011) en DA2, Salamanca y para sus proyectos nuevos que unen la actividad artística con la industrial y con los que retorna a sus orígenes.


En una actitud para mí sorprendente, ha elegido dos obras que chocan en cierta medida con sus trabajos más emblemáticos. La primera es una sensual interpretación del Nacimiento de Venus, que tiene como protagonista a Megan Fox, y en la que juega un papel destacado la espuma seminal de Cronos que dio origen a la diosa de la belleza y del amor. La segunda una espectacular Manola. Una imagen de medio cuerpo en vaqueros y cazadora con una camiseta roja que armoniza con los arabescos del fondo de la composición que repiten la forma de una granada. Y dos contrapuntos: la peineta y la mantilla de encaje, que entroncan con otros aspectos relacionados con su particular visión de los ritos católicos en las celebraciones de la Semana Santa y un corazón azul que introduce la nota de inquietud en el aparente anodino y convencional conjunto.


Jonás Fadrique expuso en el GaBe en 2012. Sus obras resultaban por aquellas fechas excepcionales por lo arriesgado de su propuesta plástica. Es verdad que, en algunas, el gestualismo tenía un papel determinante en la configuración de desnudos, lejanos retratos… y que había, también, delicadas y agradables impresiones con monumentos sobre papel realizado artesanalmente. Pero lo que resultaba más llamativo era la conjunción entre ese papel y los elementos de desecho, latas oxidadas, que había incrustado en él y que se hacían dignamente un sitio en el ámbito artístico del que colgaban.

A partir de ahí, Jonás ha profundizado, cada vez más, en aspectos conceptuales en los que revisita algunos de los momentos de las vanguardias de los años sesenta. Jonás, que vive y trabaja en París, no ha perdido el contacto con el ambiente artístico vallisoletano. Se ha convertido en una de las apuestas de la Galería Javier Silva donde tiene una exposición (Arcadia) y donde ya había desarrollado (julio, 2014) un “work in progress” o “site specific”.

Realmente no existe posibilidad de encasillarlo en algún género o en alguna propuesta dado que sus inquietudes creativas lo han llevado por múltiples derroteros. Cada vez más se preocupa tanto por el aquí y el ahora en sus más humildes realidades como por nuestra huella ecológica que, sin ser eterna, termina por manchar de manera indefectible todo lo que nos rodea.

Para nuestra exposición ha elegido tres piezas de variopinta procedencia. Y tres propuestas a más diferente una de otra y ambas de la tercera. En la primera deja claros aquellos aspectos con los que ya nos llamó la atención en su primera muestra en el GaBe. Las otras dos se abren a más posibilidades de interpretación, porque una obra de arte actual es, siempre, una obra abierta que solo cumple su función cuando el espectador proyecta su mirada y su intelecto sobre ella, porque la sola mirada no soluciona los problemas que plantea la comunicación artística moderna.


Todos estos autores posmodernos saben mucha historia. Uno de los aspectos más sobresalientes de los jóvenes creadores es la mirada crítica y autorreferencial con la que se dirigen tanto a la realidad como al arte del pasado. Duchamp había definido una nueva forma de creatividad por medio del bautismo, nuevo supremo sacerdote de la estética, de sus “ready made”. Jonás nos presenta hoy su Columna que lo es por el modo en que se apilan las ruedas desgastadas de carritos de la compra como si se tratase de los tambores de un añoso y desgastado fuste. Pero no hay más que lo que se ve. El objeto creado no es una imagen que sustituya a nada sino que “es” en sí mismo y el espectador se sorprende porque piensa que más allá de la humilde rueda haya alguna idea trascendente que la eleve por encima del prosaísmo cotidiano, del ir y venir en busca del mejor precio que permita dar de sí, hasta donde sea posible, el magro estipendio familiar.


¿Arte político?

Probablemente arte micropolítico porque los grandes discursos han perdido para estos jóvenes su significado. La crisis del 2007 ha provocado heridas muy profundas en nuestra sociedad.

Pero también autorreferencialidad. Rastas es una obra autobiográfica. Aunque uno no puede por menos que acordarse de la Cabeza de toro (1943) de Picasso o, incluso, de las Máscaras de Romuald Hazoumé, hay en la propuesta de Jonás suficientes ecos para considerarla un enigmático autorretrato aunque sea solamente de aquella parte que durante no pocos años lo definió formalmente.  Y ¿no es acaso la forma aquello que sirve para individualizar la materia? ¿No es la base diferenciadora de las artes? ¿No es el campo primero con el que el artista, a pesar de toda su carga teórica, manifiesta su creatividad?


Berta Santos, sin haber concluido sus estudios, debutó en la gran liga artística de nuestra comunidad exponiendo en el Museo de arte español contemporáneo Patio Herreriano. Ahora, abandonadas definitivamente las aulas madrileñas de la Autónoma nos presta dos cuadros (permitidme que me quede con el que hemos colocado en el ventanal de nuestra sala) para dejar constancia de su paso por nuestras aulas.

Berta nos plantea un problema formal, lo que no podía ser de otro modo tratándose de  arte. En sus trabajos convergen tres tendencias. Por un lado la expresionista abstracta que, derivada en gran medida del surrealismo y de la abstracción lírica de la primera mitad de siglo XX, enseñoreó (de 1945 hasta bien entrados los setenta) las galerías de todo occidente bajo nombres como “action painting”, informalismo, “tachisme”… Por otro el recurso a materiales de desecho propios de tendencias como el “Arte povera” que entroncaba con algunas propuestas del Pop (las relacionadas con el recurso a lo real) y con otras conceptuales y, por último, un firme compromiso ético en defensa de aquello humano que parecemos perder a golpe de reformas antisociales.


Los planteamientos de Berta, cargados de teoría, son tanto éticos como estéticos. Es verdad que todo arte –como decíamos en el caso de Jonás- es, y ha sido, político. Por lo que dice (en la menor parte de los casos, porque el artista ha sido relegado en no pocas ocasiones al mundo de lo superfluo)  como por lo que calla. La diferencia entre el arte de ayer y el de hoy estriba, a mi entender, en los grados de responsabilidad individual que el artista está dispuesto a asumir. Y Berta, por ahora, no parece tenerle miedo a manifestar su desazón por un estado de cosas que no le gustan. No puede soportar la pobreza urbana; no ha conseguido acallar su conciencia frente al malmorir de los indigentes que nos encontramos cubiertos por cartones en ¡qué ironía! los cajeros automáticos de los bancos.

Ese cartón humilde, más que el informalismo del que partía –pongamos por caso- Tapies en sus creaciones fundamentalmente esteticistas, es la respuesta a la duda de  Marie-Dominique Popelard: “La pregunta no es qué es el arte, sino qué puede hacer”.

Pues esto, de forma apasionada, radical y violenta que contradice la aparente dulzura de su gesto es lo que hace hoy Berta.


Contemplar las obras de Paula Gutiérrez nos ayuda a reflexionar sobre lo relativo de los procesos de aprendizaje en la adolescencia. Parece un axioma incuestionable que la inteligencia no es una sino múltiple. Este tópico, tan querido por la nueva pedagogía,  lo que viene a significar es que dentro de la unidad del ser humano, las infinitas relaciones que establece con su propio cuerpo y con el entorno social y natural en el que se desarrolla exigen habilidades distintas y, en no pocos casos, contradictorias.


 Quienes hemos visto casi flotar a Puli por aulas y pasillos intentando con sus monigotes comprender y aprehender la Historia de España; quienes la hemos tenido en clase de Historia del Arte casi como un personaje de manga y que, con su mirada soñadora y tímida, nos haya obsequiado con un retrato a lápiz de acabado casi fotográfico mientras a duras penas iba aprobando asignaturas (un año dos, otro tres…) quizá no estuviéramos muy convencidos de si en algún momento despertaría de su letargo de crisálida.


Y hoy se nos presenta con sus estudios de animación a punto de concluir, con sus prácticas en la Paramount, con esos dibujos que cobran vida por la magia de una técnica que no es campo habitual de mujeres y con la autoestima propia de quien, por fin, sabe lo que quiere y dónde va a encontrarlo. Y pensamos si nuestra competencia y nuestra actitud ayudaron al desarrollo de nuestra antigua alumna. Y ¿cuántas “paulas” hay ahora mismo en nuestras aulas? ¿Cómo podemos detectarlas? ¿Hasta qué punto este sistema educativo está preparado para atender semejantes especificidades?

La eclosión artística de Paula es un interesante campo de reflexión para quienes todavía seguimos enseñando y una alegría para todos aquellos que, sin estas preocupaciones profesionales, se acerquen a su trabajo actual.


Jimena Agra es otra emigrante a la búsqueda de su realización personal. Más lejos que Víctor Hugo (Piacenza, Italia) o Jonás (París) los ojos de Jimena, que ahora se llenan de la luz de Los Ángeles (California) están íntimamente unidos al bachillerato de Artes porque fueron sus ojos, en el doble sentido de la propiedad, con los que publicitamos en el Delicias estos estudios. Ahora reflexiona, partiendo de su propia imagen, sobre temas de identidad a la que accede desde múltiples disciplinas artísticas.


 Las obras que exponemos, un óleo sobre lienzo y dos sanguinas, lavadas, están en la base de estas búsquedas en las que transmite en un caso, óleo, una sutil y elegante sensualidad y en los otros, las sanguinas, la expresividad de un cuerpo que se cierra en sí mismo en dramático e indescriptible aislamiento.



De Rut Pedreño recordamos, perfectamente, su impresionante capacidad para el dibujo y su inteligencia a la hora de captar las peculiaridades artísticas de los estilos de las vanguardias.

Se ha decantado, definitivamente, por el comic (podemos destacar, al respecto, el “webcomic” Federick´s House) y la ilustración. En este último campo convendría hacerse eco de Ladrillazo un proyecto interesantísimo en cuanto al proceso (ideado por Francisco Fernández en colaboración con Alejandro Pérez y puesto en pie gracias al crowfunding) y en cuanto al resultado cuyo aspecto visual ha corrido a cargo de Rut Pedreño (en colaboración con el también ilustrador Joaquín Aldeguer) en una actividad en la que se relaciona lo estrictamente artístico con la crítica económica y política más descarnada.


 Llama la atención el alto nivel de profesionalidad de Rut a la hora de enviar sus trabajos para esta exposición, para la que ha elegido una significativa muestra de sus habilidades como ilustradora. Un ojo atento podrá encontrar similitudes en las obras relacionadas por parejas y gracias a ello puede apreciarse la variedad en el uso del color y del grafismo, el alto grado de abstracción que exigen algunos de sus aparentemente sencillos trabajos y el cuidadoso aspecto final de sus creaciones.


Laura Reyes, la más joven de la selección, estudia en Salamanca después de haberse graduado en el instituto el año pasado en el Bachillerato de Investigación/Excelencia en Artes con la calificación de Matrícula de Honor. Perfectamente consciente de lo que quiere, lo es también del punto en el que se encuentra su actividad plástica. Su obra no está definida aún por un estilo, técnica o contenido concreto (su proyecto de investigación en el Biex versó sobre el Yunk Art). El dibujo para ella no tiene secretos porque lo ha practicado desde muy niña. Este dominio hace casi natural que se encuentre muy cómoda en una formulación que podría considerarse como académica, sin embargo pronto aprenderá que el “academicismo” a la altura del siglo XXI en la que nos encontramos es otra cosa.

En esa misma línea es explicable su interés por el retrato y la práctica hiperrealista pero no tardará en afrontar, aunque sea en sus trabajos de clase, la importancia del informalismo como el camino para descubrir lo esencial del lenguaje plástico. Mientras tanto nos ha prestado tres obras. Dos dibujos que pueden parecer semejantes, pero en las que existe una clara diferencia tanto en su composición como en su expresividad y una escultura.



 En los dos primeros hace gala de un virtuoso manejo de carbones y pasteles cuyo grafismo puede pasar tan desapercibido al espectador que le habrán parecido fotografías. Y no andará muy desencaminado porque para una de ellas ha usado, en un detalle muy particular de apropiacionismo, aunque quizá no era entonces consciente de ello, una instantánea de Lee Jeffries produciéndose así un cierto efecto de ida y vuelta: Jeffries, en sus fotografías, intenta proporcionar a sus retratos un acabado pictorialista y Laura, con el carbón, logra un acabado fotográfico en sus pinturas.


La otra obra es un objeto más complejo, quizá más literario, afín al surrealismo del que, sin descartar el ingenio y el trabajo intelectual con el que trata de plasmar en las cuatro caras del cubo (mirar, ver, percibir, contemplar) el proceso de integración de las sensaciones visuales, me interesa destacar más el pulcro, metódico y perfecto acabado.

Laura es, afortunadamente para nosotros, algo más que una promesa que, a la que, desde ahora mismo, hacemos un hueco en el GaBe.

Concluimos.

Quizá, empiezas escribiendo algo y al final, te termina saliendo otra cosa diferente. Quizá esto no sea una crítica. Tampoco nos importa mucho el resultado porque tanto como al instituto Delicias al que los artistas están unidos también lo están a nuestro propio trabajo. Al final, no solo nos retratan nuestras obras. También lo hacen las de todos aquellos a quienes hemos ayudado a descubrir su camino en la vida.

Arturo Caballero Bastardo

Fotos de la inauguración